Me invitan a cenar con
Ivo Pavone. Cuesta creerlo. Una leyenda viviente de la mejor época de nuesta historieta. Uno de aquellos
tanos, el más joven, que vinieron con
Hugo Pratt en 1951 a renovar a fondo la manera de contar con dibujos en la
Argentina. Tal vez el que más tiempo se quedó. Según me cuenta mientras compartimos la mesa con
Gustavo Ferrari,
Hugo Maradei, Juan Sasturain, y su gran amigo
Aldo Pravia, él estuvo aquí hasta 1962, cuando la nostalgia pudo más y se volvió a Italia. hasta hace un par de años, cuando estaba aquí cuando se declaró
personalidad destacada a
Solano López y allí me lo encontré por primera vez, en el
Concejo Deliberante.

Ahora está de vuelta por un par de meses y me pongo a buscar entre mis papeles aquel viejo
El Tony semanal, el número 1743 del
2 de mayo de 1962, donde sé que hay una historieta suya y un
cowboy suyo en la tapa. La conservo casi desde que se publicó, como si hubiera sabido desde siempre que este día llegaría. ¡No me iré de
esta cantina
, Los Amigos sin que me la firme!
Encuentro la revista y, hojeándola, aparecen aquellas tres páginas de
Carlos Casalla, donde se lo ve al
Cabo Savino, jovencito, afeitado, perseguido por un temible francotirador en la
Guerra del Paraguay. Tres páginas de cuando
Casalla recuadraba con regla. El dibujo más prolijo, más medido, pero el mismo talento inigualable de siempre. ¿Qué tienen de particular estas tres páginas? Que fue mi primer encuentro con el legendario
Cabo que nunca ascendió. Ahí lo conocí y me quedé enganchado con el personaje, con el clima denso, ominoso (que no poco le debe a
Carlos Albiac, el guionista en este caso), de una historia que nunca llegué a saber cómo empezaba ni cómo terminó. Tres páginas, un berretín de toda la vida con un personaje fuera de serie.
Y como todo en la vida tiene que ver con todo, adivinen a dónde se iba
Ivo, después de aquella cena impar? ¡Sí! A
Bariloche. A pasar unos días en la casa del prócer del
Nahuel Huapí. A lo de
Casalla.